domingo, 3 de mayo de 2009

Mariamne y la vieja

El sol golpeaba de frente al asfalto de la calle Fritz. Mariamne acababa de escuchar pasar el tren de las 12 a toda velocidad, mientras cerraba la puerta del fulminante antro real con tal sosiego y naturalidad, que ni siquiera los tesoros de los más osados osarios podrían desencadenarse en la más pura libertad tras tal escena.

Ella, era la hermosa hija del conde Lichtgerstein, pero aquel día Mariamne se sentiría extrañamente pensativa. Se acostó sobre el gran diván de terciopelo magenta que sobresalía delante de las innumerables estanterías de libros que se hallaban en la sala central, e iluminada por la tenue luz de una lámpara de cristal, recordó en silencio una vaga imagen, era la cara de una vieja que asomaba a la vista de un sinnúmero de ojos en la plaza, era el retrato de una masa amorfa de la cual sobresalían dos pequeños huecos que cumplían (supongo) la función de las fosas nasales, y el resto del símil de cara (si es que se le puede llamar así a tal espanto) era un conjunto de tajadas, anudadas, pisoteadas por arrugas, que eran rollos, encimados, casi estrechos en su entorno, un tapete grisáceo acumulado sobre el suelo craneal de un sapo, un engendro cuadrado, redondo, salpicado por verrugas y demás fenómenos desperfectos de una naturaleza casi animal, casi salvaje.

Su memoria dibujaba trazos de sueños, y también, aludía el día en que hablaría consigo misma, con Mariamne, la arrogante. Estaba muy bien allí, era ella sentada tras los pechos de un tejado dominante, pero aún sabía que de una u otra forma la verdad a la cual se vería enfrentada seria, en sumo, fatídica, no solo por su consecuencia en ella, sino además por el gran amor que le intentaba brindar a aquel joven, el de corcel negro, y ojos azules.

Era la vieja, era la bruja, era la maldita: era la duda.

Mariamne lloró. Lloró, porque de una u otra forma era la duda quien entre sus uñas encerraría la mente de aquel joven turbado por la desconfianza, era la duda quien enredaría las venas del amor que aun no parecía brotar su amada, era la maldita quien chapotearia sobre la melancolia y escupiria las peores agudezas del mismisimo Malaquias.

Entonces, desemboco sus lagrimas en nuevas metaforas, limpio con sus dedos lo que quedaba de su extasiada memoria, y regreso al principio.

El sol golpeaba de frente al asfalto de la calle Fritz. Mariamne acababa de escuchar pasar el tren de las 12 a toda velocidad, mientras cerraba la puerta del fulminante antro real con tal sosiego y naturalidad, que ni siquiera los tesoros de los más osados osarios podrían desencadenarse en la más pura libertad tras tal escena.

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