
Fue un sueño extraño. Mas aún, porque extrañamente hoy, me acosté pensando en drogas. Se que apesta, si, calma, lo sé. Supongo que a esta hora yo tendría una cara de nada, una cara inexpresiva y de cera, del tipo de caras que atesoran como perlas los maniquíes, o los muertos.
Y mis párpados ya actuarían como biombos cubriendo y ocultando una oscuridad ya inimitable, un negro ya infundido y derramado sobre una habitación ya nocturna, ya sin sombras. Y mis piernas se doblegarían en una tela caduca de cansancio, mientras yo, prolija, intentaría definir con exactitud el momento en el que dejé de estar despierta.
Pasó ante mis cejas esa imagen móvil de eternidad, pasó efímera, rodó cambiante hasta que refulgió. Y esa noche, y nunca más, recordó el tiempo tal y como pasó. Recordó el futuro y el pasado en la misma planicie de espacio, en el mismo terreno abyecto de verdad y calumnia.
Fue un sueño extraño. Fue la noche y el día en cobra. La caída de Asís en parsimonia y desacierto, el mismisimo Mefistófeles bramando en sórdidos agujeros, la grieta de la muerte en caña de bambú, la vida de la pulpa y de la concha en alborozos y centellas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario