-¿Puedo decirle?- pregunté turbada.
- Claro, Coyotita, díselo, no te queda otra opción.
- Bueno, aquí voy.
-En aquel momento hice como que me quedaba sin aliento y el viento se fugó entre la niebla de dudas, y ese nido gutural que hablaba en el cielo y en el infierno de mi más amasada nostalgia se hacía añicos, explotaba, reventaba, se agrazaba y se convertía en esputo.
Si, solo supe repasar con mi mirada aquella línea vertebrada de vida que enmarcaba el mar en aquella ventana, y casi que saltaban por ese par de cuadros de vidrios entelarañados y empañados de pensamientos, circundantes olas en ausencia.
Allí, mi querida amiga, solo supe tragar saliva. Solo supe pensarlo más. Y tal vez, negarlo ya.
Allí, vida, vida extraña y sigilosa, me permití, por un respiro más, decirle que amo, y que amo, y amo, y amo, y amo, y no logro dejar de hacerlo ya, vida. Anoche, encontré un hilo en la arena, encontré un tallo en la tierra, una noche de guerra, una hoja de cera, un bebe con ceguera. Encontré que definitivamente puedo hacer una sola cosa muy bien: no dejar de hacer, no dejar de amar.
Y lo he descubierto desde que nací señorita vida, desde mi infancia me atajo aquel hilo, y solo me dedique a eso. Y puede creer que consideré un límite de años? Jajajaja, ríase, porque no lo conseguí. Ríase, porque tampoco lo conseguiré.
domingo, 3 de mayo de 2009
Mariamne y la vieja
El sol golpeaba de frente al asfalto de la calle Fritz. Mariamne acababa de escuchar pasar el tren de las 12 a toda velocidad, mientras cerraba la puerta del fulminante antro real con tal sosiego y naturalidad, que ni siquiera los tesoros de los más osados osarios podrían desencadenarse en la más pura libertad tras tal escena.
Ella, era la hermosa hija del conde Lichtgerstein, pero aquel día Mariamne se sentiría extrañamente pensativa. Se acostó sobre el gran diván de terciopelo magenta que sobresalía delante de las innumerables estanterías de libros que se hallaban en la sala central, e iluminada por la tenue luz de una lámpara de cristal, recordó en silencio una vaga imagen, era la cara de una vieja que asomaba a la vista de un sinnúmero de ojos en la plaza, era el retrato de una masa amorfa de la cual sobresalían dos pequeños huecos que cumplían (supongo) la función de las fosas nasales, y el resto del símil de cara (si es que se le puede llamar así a tal espanto) era un conjunto de tajadas, anudadas, pisoteadas por arrugas, que eran rollos, encimados, casi estrechos en su entorno, un tapete grisáceo acumulado sobre el suelo craneal de un sapo, un engendro cuadrado, redondo, salpicado por verrugas y demás fenómenos desperfectos de una naturaleza casi animal, casi salvaje.
Su memoria dibujaba trazos de sueños, y también, aludía el día en que hablaría consigo misma, con Mariamne, la arrogante. Estaba muy bien allí, era ella sentada tras los pechos de un tejado dominante, pero aún sabía que de una u otra forma la verdad a la cual se vería enfrentada seria, en sumo, fatídica, no solo por su consecuencia en ella, sino además por el gran amor que le intentaba brindar a aquel joven, el de corcel negro, y ojos azules.
Era la vieja, era la bruja, era la maldita: era la duda.
Mariamne lloró. Lloró, porque de una u otra forma era la duda quien entre sus uñas encerraría la mente de aquel joven turbado por la desconfianza, era la duda quien enredaría las venas del amor que aun no parecía brotar su amada, era la maldita quien chapotearia sobre la melancolia y escupiria las peores agudezas del mismisimo Malaquias.
Entonces, desemboco sus lagrimas en nuevas metaforas, limpio con sus dedos lo que quedaba de su extasiada memoria, y regreso al principio.
El sol golpeaba de frente al asfalto de la calle Fritz. Mariamne acababa de escuchar pasar el tren de las 12 a toda velocidad, mientras cerraba la puerta del fulminante antro real con tal sosiego y naturalidad, que ni siquiera los tesoros de los más osados osarios podrían desencadenarse en la más pura libertad tras tal escena.
Ella, era la hermosa hija del conde Lichtgerstein, pero aquel día Mariamne se sentiría extrañamente pensativa. Se acostó sobre el gran diván de terciopelo magenta que sobresalía delante de las innumerables estanterías de libros que se hallaban en la sala central, e iluminada por la tenue luz de una lámpara de cristal, recordó en silencio una vaga imagen, era la cara de una vieja que asomaba a la vista de un sinnúmero de ojos en la plaza, era el retrato de una masa amorfa de la cual sobresalían dos pequeños huecos que cumplían (supongo) la función de las fosas nasales, y el resto del símil de cara (si es que se le puede llamar así a tal espanto) era un conjunto de tajadas, anudadas, pisoteadas por arrugas, que eran rollos, encimados, casi estrechos en su entorno, un tapete grisáceo acumulado sobre el suelo craneal de un sapo, un engendro cuadrado, redondo, salpicado por verrugas y demás fenómenos desperfectos de una naturaleza casi animal, casi salvaje.
Su memoria dibujaba trazos de sueños, y también, aludía el día en que hablaría consigo misma, con Mariamne, la arrogante. Estaba muy bien allí, era ella sentada tras los pechos de un tejado dominante, pero aún sabía que de una u otra forma la verdad a la cual se vería enfrentada seria, en sumo, fatídica, no solo por su consecuencia en ella, sino además por el gran amor que le intentaba brindar a aquel joven, el de corcel negro, y ojos azules.
Era la vieja, era la bruja, era la maldita: era la duda.
Mariamne lloró. Lloró, porque de una u otra forma era la duda quien entre sus uñas encerraría la mente de aquel joven turbado por la desconfianza, era la duda quien enredaría las venas del amor que aun no parecía brotar su amada, era la maldita quien chapotearia sobre la melancolia y escupiria las peores agudezas del mismisimo Malaquias.
Entonces, desemboco sus lagrimas en nuevas metaforas, limpio con sus dedos lo que quedaba de su extasiada memoria, y regreso al principio.
El sol golpeaba de frente al asfalto de la calle Fritz. Mariamne acababa de escuchar pasar el tren de las 12 a toda velocidad, mientras cerraba la puerta del fulminante antro real con tal sosiego y naturalidad, que ni siquiera los tesoros de los más osados osarios podrían desencadenarse en la más pura libertad tras tal escena.
Ladrones
Cual seria el engendro que apodariamos juntos alli?,
Que tipo de fenomeno adoptariamos entre nuestras silabas altisonantes y fascinantemente -verdes-?
Lo mire como loca, como escudada en brevas de misticismos, como anudada entre abrigos de fria adrenalina, como agigantada por el cemento enardecido del cielo, y como si la luna aquella noche oculta gritara desde dentro, sobre las nubes, y bajo ese gran universo de sombra que la carga, para por fin mostrarse asi, blanca, coqueta y seductora a nuestras cabezas, para exhibir sus oscuras manchas como si fueran dos grandes muslos de seda, para repetirnos una vez mas que ella todavia existe, y que todavia recuerda habernos visto antes, en la penumbra, mientras contabamos el ABC de las sinfines travesias de noches, y le arrancabamos al arbol de la eternidad las historias de infancias, y nos mirabamos a los ojos, y nos robabamos las pupilas, y nos hundiamos entre el negro de ellas, y escudriñabamos las visceras del alma del tiempo, y perdiamos la catatonia del miedo.
Fue asi, como luna testiga, arbol testigo, cielo testigo, viento testigo, pupilas negras testigas, universo del tiempo testigo, amaron al ocaso de los dos ladrones de historias, asi, se fundieron ambos en olas fragantes, de pinceladas abiertas, de lirios crecientes, de anhelos valientes.
Que tipo de fenomeno adoptariamos entre nuestras silabas altisonantes y fascinantemente -verdes-?
Lo mire como loca, como escudada en brevas de misticismos, como anudada entre abrigos de fria adrenalina, como agigantada por el cemento enardecido del cielo, y como si la luna aquella noche oculta gritara desde dentro, sobre las nubes, y bajo ese gran universo de sombra que la carga, para por fin mostrarse asi, blanca, coqueta y seductora a nuestras cabezas, para exhibir sus oscuras manchas como si fueran dos grandes muslos de seda, para repetirnos una vez mas que ella todavia existe, y que todavia recuerda habernos visto antes, en la penumbra, mientras contabamos el ABC de las sinfines travesias de noches, y le arrancabamos al arbol de la eternidad las historias de infancias, y nos mirabamos a los ojos, y nos robabamos las pupilas, y nos hundiamos entre el negro de ellas, y escudriñabamos las visceras del alma del tiempo, y perdiamos la catatonia del miedo.
Fue asi, como luna testiga, arbol testigo, cielo testigo, viento testigo, pupilas negras testigas, universo del tiempo testigo, amaron al ocaso de los dos ladrones de historias, asi, se fundieron ambos en olas fragantes, de pinceladas abiertas, de lirios crecientes, de anhelos valientes.
Don Gildardo

No he conocido en mi vida antes, a una persona mas trabajadora que usted, Don Gildardo. Dejeme decirle, que se ve usted como alguien totalmente inmamable.
Hoy, Don Gildardo, me sente frente a usted, y vi sus ojos intactos, su piel estrecha de tanto martillar, y su honda fragilidad hecha fuego por la dureza de su invenciblisimo caracter de aguerrido marcial.
Le digo, Don Gildardo que lo admiro, que esta tarde mientras caminaba por las lineas de Twain tambien lo miraba, como extasiada, como asombrada.
-De donde le sale tanta fuerza Don Gildardo? Cual es su secreto? Que tipo de pocima, unguento, o brebaje se hecha en los huesos para hacerlos tan vivos e inquietos al tiempo que corre?
Bebedizos de centenares de siglos intentaron salvar aquellas armitrañas de viejos, de viejos amedrentados por las costillas acongojadas de tanto suplicar, de tanta droga y tanto geriatra, de tanto sueño de eterna juventud y de castisimos misticisimos y panaceas, de tantos famosos elixires con fuentes de aguas babilonicas, de tantos tantos y tan pocos pocos. Pero usted, usted Don Gildardo, usted no sabe de eso, usted no comprende, usted no procesa los dolores humanos como metodo de escape a la cama, usted, dejeme decirle, no parece sufrir de sueño o de insomnio, ni parece quejarse, ni afligirse, ni por lo menos parece que pudiera considerar una de mil vidas para sentarse a tomar limonada mientras deja que
el campo le brinque en los ojos, o mientras permite que la gata le lama las uñas, o que la mujer le tire la pita, no, usted, Don Gildardo, usted no entiende.
...
María siempre fue demasiado tímida como para decir algo. Esa noche y nunca más, quiso propagar los segundos como por miedo, como por la simple adveniencia que traía consigo la intimidad entre residentes, y así, y allí, lo supo, lo quiso y lo hizo. Besó el mantel de la luz matinal que se escurría por la ventana, aquel 3 de septiembre del 91. Desenredó sus trenzas, y avalanzó sus dedos sobre las finas hebras de su cabello, dejó que la tela de su vestido agigantado por el viento se resbalara entre sus piernas, fijó sus muslos desnudos sobre la cama que tiempo después sirvió de reposo para su muerte, y se avalanzó sobre el cuerpo también desnudo de Eduardo, su amigo.
Atocigaba el escenario un espeso olor a crudo, a mortecina reposada en jarros de heno, a grueso sudor. Un calor que rozaba lo áspero del tiempo, más la estoica y muda quietud que inundaba la atmósfera, se unió a la perfección, tal y como ella lo había esperado, tal y como su imaginación lo había elaborado minuciosamente mientras fumaba cada atardecer en la hamaca de Don Sancho.
Cesaba el temor, caía en pique y se desbordaba en gélidos mares de serena alegría, María sonreía mientras Eduardo parecía recorrer el basto territorio de sus pieles con su cuerpo, y ella volvía a ser cargada por su tío abuelo que era como su padre, regresaba a su casa de infancia en la ciénaga, recordaba de nuevo como era volar tras la cara de la luna en primavera, porque sabía que aquella única y última imagen sería la que en definitiva clavaría con puntillas sobre la parte más feliz de su arañada memoria. Luego, tras un corto e interrupto jadeo, el tiempo se detuvo, paró de inmediato la inhalación femenina que estaba a punto de efectuar con parsimonia, la boca se le secó como marchita, como rota, y quebradiza de estupor, los ojos se le agrandaron, los besos palpitantes la callaron, la saliva tibia, el aliento a gritos, el susurro inquieto, la tercera nota del pudico silencio sellaba su cráneo a las sábanas calientes, hirvientes de aquel 3 de septiembre del 91.
Gotas de sangre calleron, salpicaron las tablas de la cama, rodaron una a una sobre la superficie no tan plana del cuarto, y el viento pasante la recogía entre sus dedos, la auxiliaba de este mundo de vida que la asfixiaba con brío, y en aquel primer segundo de óbito recordó la noche, la noche, en que por miedo, por silencio, regresó a su sitio, se acurrucó en su nido y abrazó sus piernas dobladas contra sí, apoyó su mentón sobre sus rodillas, y simplemente se disipó.
Atocigaba el escenario un espeso olor a crudo, a mortecina reposada en jarros de heno, a grueso sudor. Un calor que rozaba lo áspero del tiempo, más la estoica y muda quietud que inundaba la atmósfera, se unió a la perfección, tal y como ella lo había esperado, tal y como su imaginación lo había elaborado minuciosamente mientras fumaba cada atardecer en la hamaca de Don Sancho.
Cesaba el temor, caía en pique y se desbordaba en gélidos mares de serena alegría, María sonreía mientras Eduardo parecía recorrer el basto territorio de sus pieles con su cuerpo, y ella volvía a ser cargada por su tío abuelo que era como su padre, regresaba a su casa de infancia en la ciénaga, recordaba de nuevo como era volar tras la cara de la luna en primavera, porque sabía que aquella única y última imagen sería la que en definitiva clavaría con puntillas sobre la parte más feliz de su arañada memoria. Luego, tras un corto e interrupto jadeo, el tiempo se detuvo, paró de inmediato la inhalación femenina que estaba a punto de efectuar con parsimonia, la boca se le secó como marchita, como rota, y quebradiza de estupor, los ojos se le agrandaron, los besos palpitantes la callaron, la saliva tibia, el aliento a gritos, el susurro inquieto, la tercera nota del pudico silencio sellaba su cráneo a las sábanas calientes, hirvientes de aquel 3 de septiembre del 91.
Gotas de sangre calleron, salpicaron las tablas de la cama, rodaron una a una sobre la superficie no tan plana del cuarto, y el viento pasante la recogía entre sus dedos, la auxiliaba de este mundo de vida que la asfixiaba con brío, y en aquel primer segundo de óbito recordó la noche, la noche, en que por miedo, por silencio, regresó a su sitio, se acurrucó en su nido y abrazó sus piernas dobladas contra sí, apoyó su mentón sobre sus rodillas, y simplemente se disipó.
Sin titulo-
Los transeúntes se agolpaban juntos como alfileres inconcientes, y yo me volvía a ver junto a ti, sentada frente a ese diáfano y tímido sol, deseando besarte, y pensando en cuantas mujeres más habrían deseado hacerlo en ese segundo fragmentado, y simplemente no lo hicieron.
Seguí caminando y penetrando la nada inerte multitud, cuando de pronto, me percate de que un brazo grueso y baronil cubría mi hombro con una extraña y singular ligereza. Mire hacia un lado para descifrar con exactitud la identidad que envolvía tal acto. Era mi papá. Mi cucho disfrazado de 'buen padre'. Yo por mi parte empezaba a recordar lo enojada que me encontraba con él, y el poco mérito que le costaba levantar su brazo y reposarlo sobre mi, sin ton ni són, como en señal de perdón, desgarrando una a una sus vergüenzas internas. Volví a fijar mi vista sobre el notorio estupor que a lo largo se divisaba entrante en su mirada, me dejó atónita, otra vez sobrecogida por un manto de compasión o eso que llaman misericordia.
Sí, me sentía grande, allí pasaba el tiempo muy lento, yo debía decidir si en verdad me molestaría tanto en hagachar la mirada y ver a un bebe llorando, llorando por una condena que en últimas no le pertenece: una condena vitalicia a ser pequeño. En verdad lo haría? Seguí caminando lento, al paso de un tiempo casi ocioso y sobrecogido, con el seño fruncido, los brazos cruzados, una leve y desigual boca que parecía puntada desde dentro y por un lado a modo de dar cierto aire conformista, el lunar de siempre traspasando hermetismos faciales y los ojos casi oblicuos en la inmensidad, partidos en pedazitos, fijos en el eterno eclipse, en el salto final.
Seguí caminando y penetrando la nada inerte multitud, cuando de pronto, me percate de que un brazo grueso y baronil cubría mi hombro con una extraña y singular ligereza. Mire hacia un lado para descifrar con exactitud la identidad que envolvía tal acto. Era mi papá. Mi cucho disfrazado de 'buen padre'. Yo por mi parte empezaba a recordar lo enojada que me encontraba con él, y el poco mérito que le costaba levantar su brazo y reposarlo sobre mi, sin ton ni són, como en señal de perdón, desgarrando una a una sus vergüenzas internas. Volví a fijar mi vista sobre el notorio estupor que a lo largo se divisaba entrante en su mirada, me dejó atónita, otra vez sobrecogida por un manto de compasión o eso que llaman misericordia.
Sí, me sentía grande, allí pasaba el tiempo muy lento, yo debía decidir si en verdad me molestaría tanto en hagachar la mirada y ver a un bebe llorando, llorando por una condena que en últimas no le pertenece: una condena vitalicia a ser pequeño. En verdad lo haría? Seguí caminando lento, al paso de un tiempo casi ocioso y sobrecogido, con el seño fruncido, los brazos cruzados, una leve y desigual boca que parecía puntada desde dentro y por un lado a modo de dar cierto aire conformista, el lunar de siempre traspasando hermetismos faciales y los ojos casi oblicuos en la inmensidad, partidos en pedazitos, fijos en el eterno eclipse, en el salto final.
Bus paralítico

Tras tanto se enjugó un pensamiento, una constante nube de locas hipotesis volvían a rebolotearse sobre mi cabeza, era un cielo que innundado de claridades se acostaba sobre mi cráneo.
Yo viajaba de regreso a mi cuna, en un bus paralitico y casi psicodelico, al lado de un asqueroso viejo regordete que parecía hablarme mientras yo casi lloraba y escuchaba los rolling stones, mientras jugaba a pensar en pasados de distintas esferas cronicas y juglares, y era sorda, y fría y muy anónima, muy absorta en repasadas situaciones...
Situación 1.
Sentada y desnuda sobre aquella baldosa matinal meditando, casi dormida, abrazando un silencio infame de cera. Era de día o de noche, no era espacio o tiempo, eran elementos disgregados en un plano extraño. Era la ducha, el frío terrenal del suelo deslizandose en mis muslos, el agua cayendo sobre mi espalda y cada gota burlesca paseando mi contorno, mi sombra, mi alma.
Situación 2.
Palpando con mi vista unos senos de tierra cubiertos por un vestido de un muy verde fuego, un fuego diverso y multiforme, confeccionado por un muy imperfecto artista y por una muy indecisa brocha. Era otra vez ese terreno irregular de arboles y verdes que tanto amo, era otra vez esa voz hablando de poesía, el viento gimiendo entre los vacíos, el reggae de Yellowman, y de frente la luz de un atardecer sosiego y mudo entre nubes grises, el pasto clavandose en nuestros cuerpos, el cielo gritando agua, y el agua clamando suelo. La caida acuosa arrodillada por abrigo, por abrazo o por algun tipo de consideración.
Situación 3.
Carrusel de millones de brillos y colores, subiendo y bajando sobre mi memoria, la parte de vida de infancia e inconciente felicidad que corre de frente a la cripta de cada nuevo pestañeo. Aquellas risas en eco de mi mas desecho cogollo abríanse paso al diminuto segundo que ocupabamos sobre una banca más de un centro comercial más, con una exhalación más, de fuerte abismo, de anhelo extraño, y profundo, palpitante, y diciente en notas de otro idioma, un idioma ajeno al pronunciable de mi boca, lejano de letras y simbolismos, de realidades y vaivenes oniricos.
Situación 4.
Luces de carros y transeúntes efímeros en pasos, caras extrañas y aformes, sentada y aún asi confina del suelo que me apretaba, mi cabeza sobre mis rodillas, mis brazos sumidos en contrapeso y el lúgubre pasar de la sociedad anidando cruces hermeticos, acuchillando goces neuroticos.
Y termina el viaje. Y se baja el viejo, y respiro lento.
Fue

Fue un sueño extraño. Mas aún, porque extrañamente hoy, me acosté pensando en drogas. Se que apesta, si, calma, lo sé. Supongo que a esta hora yo tendría una cara de nada, una cara inexpresiva y de cera, del tipo de caras que atesoran como perlas los maniquíes, o los muertos.
Y mis párpados ya actuarían como biombos cubriendo y ocultando una oscuridad ya inimitable, un negro ya infundido y derramado sobre una habitación ya nocturna, ya sin sombras. Y mis piernas se doblegarían en una tela caduca de cansancio, mientras yo, prolija, intentaría definir con exactitud el momento en el que dejé de estar despierta.
Pasó ante mis cejas esa imagen móvil de eternidad, pasó efímera, rodó cambiante hasta que refulgió. Y esa noche, y nunca más, recordó el tiempo tal y como pasó. Recordó el futuro y el pasado en la misma planicie de espacio, en el mismo terreno abyecto de verdad y calumnia.
Fue un sueño extraño. Fue la noche y el día en cobra. La caída de Asís en parsimonia y desacierto, el mismisimo Mefistófeles bramando en sórdidos agujeros, la grieta de la muerte en caña de bambú, la vida de la pulpa y de la concha en alborozos y centellas.
Teatro enérgico de vida
El tiempo se detuvo incontenible ante tan adverso silencio. Cayó la noche y el cielo se nubló, otra vez. Cruzo las piernas y cuento hasta tres. La luz cobró de nuevo su vida. Y hundiose el manto de la muerte sobre su aquietada boca. Y germinaba aquella pupila ennegrecida sobre la blanquizca masa puritana de sus ojos. Y corría a su lado mientras desvanecía su viejo aliento sobre su espalda, para más tarde, alijarlo en la primera y ultima escena de su vida, de su teatro enérgico de vida.
Hostia

Un cuadro impecable. Diáfano. Era de noche y la luna parecía una hostia lumínica flotando sobre ese intensísimo mar de cielo, azul, casi negro, puro. Las estrellas eran salpicadas amorfas de esa hostia. Y las nubes eran espuma, baba, roca porosa, fósiles marinos, caballos surreales e inefables.
Se alzaba a la izquierda de esta tela un gran y torcido palo de naranjas orbiculares dilucidadas por el fuego de esa hostia hecha trizas, amarradas por la verga latente de las ramas luxadas por el crujido de su aliento.
Dos alambres se erguían sobre el mar, parecían orgullosos de cortar en tres partes la tan perfecta escena, allí, erectos y engallados partían mi masa de agua salada. Se unía a la baba un humo, pequeñas partículas de hollín blanco se adherían lentamente y parasitaban la fontana nocturna de noviembre.
Luego, la nefanda baba optó por ahogar la hostia, la espuma creció y creció hasta succionar y anidar en su blanquizco seno el fluido luminoso que se erigía en mis pupilas. Pronto desapareció por completo, se trago de inmediato y sin efugios mi cielo.
Para

No alarguemos el letargo.
No le demos más cuerda a ese vicio dulzón.
Que más que vicio se ha convertido en un excesivo e infaltable catalizador para mis sentidos.
No me quiero hundir contigo.
No quiero echarme al vacío así.
No recogeré mortajas sobre la garganta del diablo.
Ni saborearé su sutil aroma a ruin óbito.
Y por último, te estaría muy agradecida si me hicieras un favor:
Desaparece por un tiempo.
Regálame mil o cien eras de evolución para borrarte entero.
Y para borrar aquellos lapsos irreales, en los que volábamos sobre ese sórdido lago de alucinantes eneas, en los que moríamos para vivir el uno dentro del otro, para hacer en este espacio cimero un agujero hermético e incorpóreo, en el que sólo había cabida para el unísono de un par de voces supinas en plenitud.
Excretando

Ley seca. Ósculos húmedos y lenguas saltarinas, dicientes, traviesas, viajeras, oniricas, irreales. Una noche hablantinosa, pasional, sensorial. Excretaba mi esencia a través de la palabra, abría las puertas del jardín antiquísimo de la franqueza.
Tiempo mas tarde, lloré, frente a Él y por Él. Sus sentidos parecían desorbitados por el agobio. Me limpiaba las lágrimas acariciando los trazos que estas pintaban en mis mejillas mientras caían atrozmente. Me peinaba el cabello, me rozaba el mentón y repetía una y otra vez no San no San. Yo sollozaba con brío.
Por último dejé que mi cabeza reposara agotada sobre sus piernas, y allí, boca abajo y taciturna, me quedé. Recuerdo que hablaba algo acerca de un jazmin y el viento, pero en ese momento ya había perdido la nocíón del entendimiento. Me arrullaba sobre una agradable cadencia de frases, pero yo yacía exhausta.
"Todo amor imposible se merece un último aliento... "
Lo que pasa con lanzarse al vacío de primerazo.

Y, es que no todo el mundo lo hace, es el motivo asediante del miedo, el atroz frío en la espalda, ese escalofrío corredizo que camina acuchillando tu mentón y naufragando en el desierto imperdible de la ausencia.
Me temblaba todo, andaba sobre esas maderas como una muñeca de trapo, como un maniquí de papiro, como una marioneta pinochezca se movía ese harapo guiado por el motor de la insania, el deseo inexorable de abrazarlo. Había llegado el momento y no podía equivocarme, sería un error atroz, ya que llevaba buscándolo mucho tiempo atrás.
Y de golpe, me impacto la fatal esquirla de su imagen, se derritieron una a una sus facciones sobre mi frente, y peor aún, había reconocido sobre su indumentaria el poncho negro del que tanto me había hablado.
No podían haber dos personas iguales en este mundo, correr el riesgo y errar ante él, no tendría consecuencias tan colosales. Que podría perder?
Efectivamente, corrí hacia él, lo capturé como a un ave, agarré su brazo izquierdo y para asegurarme de que no estaba haciendo el ridículo, y, sobre todo, de que era Él, le pregunté muy modestamente si se llamaba Felipe. El me miró extrañado y calló, así que no me quedo otra opción más que decir: “mucho gusto, me llamo Sandra, te conozco hace mucho.”. Ante este ademán, y casi inmediatamente, me abrazó y estrechó su mejilla contra la contraria mía. Solo pude Sonreír.
Una noche muy fructífera: Metal. Punto de Partida. Mi Hermano. La tan buscada criatura. Wish you were here. Frío.
domingo 3 de agosto de 2008 Mi montaña rusa onirica y fantasiosa (dulce, amarga, energizante, ..adictiva, muy adictiva.)

Simplemente insólito. Así he de describir tan augurado evento, tan irreal capitulo de mi vida, insoslayable, único, mágico, orgásmico. Cierta noche lluviosa y fría de agosto, sentados en una mesa en Santo Pecado, miradas fijas, 3 (o 4) cervezas y una sonrisa, luego, un tímido y húmedo beso en mi mejilla izquierda. No poco tiempo después, un apasionado, verdadero e incontrolable intercambio de salivas, testosterona, y estrógenos. Festejaba sobre nuestras mentes la aurora de su amor y el claro de la luna de mi simpleza, repasaba por su espalda mis dedos profugos del viento y la melancolía. Sólo recordé ese sabor letargico y adictivo de su boca (...) otra vez.
Jamás creí que pudiese volver a abrazarlo y eternamente sentir tan explícito sabor a placer sobre cada uno de los poros de mi piel, y a pesar de que se que el sr dolor espera por mi con los brazos abiertos, a pesar de que alli va a estar cuando termine de girar en esta montaña rusa onirica, fascinante, energizante y dulce, a pesar de que comparto puesto y boleta con aquel caballero andante y danzante de mis sueños, seguire adelante, y lo ultimo que le pido a la vida es que me encierre en un cuarto oscuro, hermetico, en el que pueda ser manca, sorda, ciega, tonta, y allí pretender por siempre que el no sufrió, ni sufrirá jamás.
>>"PINTARÉ TUS OJOS CUANDO DESCUBRA TU ALMA"<<
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