domingo, 3 de mayo de 2009

Hostia


Un cuadro impecable. Diáfano. Era de noche y la luna parecía una hostia lumínica flotando sobre ese intensísimo mar de cielo, azul, casi negro, puro. Las estrellas eran salpicadas amorfas de esa hostia. Y las nubes eran espuma, baba, roca porosa, fósiles marinos, caballos surreales e inefables.

Se alzaba a la izquierda de esta tela un gran y torcido palo de naranjas orbiculares dilucidadas por el fuego de esa hostia hecha trizas, amarradas por la verga latente de las ramas luxadas por el crujido de su aliento.

Dos alambres se erguían sobre el mar, parecían orgullosos de cortar en tres partes la tan perfecta escena, allí, erectos y engallados partían mi masa de agua salada. Se unía a la baba un humo, pequeñas partículas de hollín blanco se adherían lentamente y parasitaban la fontana nocturna de noviembre.

Luego, la nefanda baba optó por ahogar la hostia, la espuma creció y creció hasta succionar y anidar en su blanquizco seno el fluido luminoso que se erigía en mis pupilas. Pronto desapareció por completo, se trago de inmediato y sin efugios mi cielo.

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