domingo, 3 de mayo de 2009

Sin titulo-

Los transeúntes se agolpaban juntos como alfileres inconcientes, y yo me volvía a ver junto a ti, sentada frente a ese diáfano y tímido sol, deseando besarte, y pensando en cuantas mujeres más habrían deseado hacerlo en ese segundo fragmentado, y simplemente no lo hicieron.

Seguí caminando y penetrando la nada inerte multitud, cuando de pronto, me percate de que un brazo grueso y baronil cubría mi hombro con una extraña y singular ligereza. Mire hacia un lado para descifrar con exactitud la identidad que envolvía tal acto. Era mi papá. Mi cucho disfrazado de 'buen padre'. Yo por mi parte empezaba a recordar lo enojada que me encontraba con él, y el poco mérito que le costaba levantar su brazo y reposarlo sobre mi, sin ton ni són, como en señal de perdón, desgarrando una a una sus vergüenzas internas. Volví a fijar mi vista sobre el notorio estupor que a lo largo se divisaba entrante en su mirada, me dejó atónita, otra vez sobrecogida por un manto de compasión o eso que llaman misericordia.

Sí, me sentía grande, allí pasaba el tiempo muy lento, yo debía decidir si en verdad me molestaría tanto en hagachar la mirada y ver a un bebe llorando, llorando por una condena que en últimas no le pertenece: una condena vitalicia a ser pequeño. En verdad lo haría? Seguí caminando lento, al paso de un tiempo casi ocioso y sobrecogido, con el seño fruncido, los brazos cruzados, una leve y desigual boca que parecía puntada desde dentro y por un lado a modo de dar cierto aire conformista, el lunar de siempre traspasando hermetismos faciales y los ojos casi oblicuos en la inmensidad, partidos en pedazitos, fijos en el eterno eclipse, en el salto final.

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