domingo, 3 de mayo de 2009

Lo que pasa con lanzarse al vacío de primerazo.



Y, es que no todo el mundo lo hace, es el motivo asediante del miedo, el atroz frío en la espalda, ese escalofrío corredizo que camina acuchillando tu mentón y naufragando en el desierto imperdible de la ausencia.

Me temblaba todo, andaba sobre esas maderas como una muñeca de trapo, como un maniquí de papiro, como una marioneta pinochezca se movía ese harapo guiado por el motor de la insania, el deseo inexorable de abrazarlo. Había llegado el momento y no podía equivocarme, sería un error atroz, ya que llevaba buscándolo mucho tiempo atrás.

Y de golpe, me impacto la fatal esquirla de su imagen, se derritieron una a una sus facciones sobre mi frente, y peor aún, había reconocido sobre su indumentaria el poncho negro del que tanto me había hablado.

No podían haber dos personas iguales en este mundo, correr el riesgo y errar ante él, no tendría consecuencias tan colosales. Que podría perder?

Efectivamente, corrí hacia él, lo capturé como a un ave, agarré su brazo izquierdo y para asegurarme de que no estaba haciendo el ridículo, y, sobre todo, de que era Él, le pregunté muy modestamente si se llamaba Felipe. El me miró extrañado y calló, así que no me quedo otra opción más que decir: “mucho gusto, me llamo Sandra, te conozco hace mucho.”. Ante este ademán, y casi inmediatamente, me abrazó y estrechó su mejilla contra la contraria mía. Solo pude Sonreír.

Una noche muy fructífera: Metal. Punto de Partida. Mi Hermano. La tan buscada criatura. Wish you were here. Frío.

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