
No alarguemos el letargo.
No le demos más cuerda a ese vicio dulzón.
Que más que vicio se ha convertido en un excesivo e infaltable catalizador para mis sentidos.
No me quiero hundir contigo.
No quiero echarme al vacío así.
No recogeré mortajas sobre la garganta del diablo.
Ni saborearé su sutil aroma a ruin óbito.
Y por último, te estaría muy agradecida si me hicieras un favor:
Desaparece por un tiempo.
Regálame mil o cien eras de evolución para borrarte entero.
Y para borrar aquellos lapsos irreales, en los que volábamos sobre ese sórdido lago de alucinantes eneas, en los que moríamos para vivir el uno dentro del otro, para hacer en este espacio cimero un agujero hermético e incorpóreo, en el que sólo había cabida para el unísono de un par de voces supinas en plenitud.

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