domingo, 3 de mayo de 2009

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María siempre fue demasiado tímida como para decir algo. Esa noche y nunca más, quiso propagar los segundos como por miedo, como por la simple adveniencia que traía consigo la intimidad entre residentes, y así, y allí, lo supo, lo quiso y lo hizo. Besó el mantel de la luz matinal que se escurría por la ventana, aquel 3 de septiembre del 91. Desenredó sus trenzas, y avalanzó sus dedos sobre las finas hebras de su cabello, dejó que la tela de su vestido agigantado por el viento se resbalara entre sus piernas, fijó sus muslos desnudos sobre la cama que tiempo después sirvió de reposo para su muerte, y se avalanzó sobre el cuerpo también desnudo de Eduardo, su amigo.

Atocigaba el escenario un espeso olor a crudo, a mortecina reposada en jarros de heno, a grueso sudor. Un calor que rozaba lo áspero del tiempo, más la estoica y muda quietud que inundaba la atmósfera, se unió a la perfección, tal y como ella lo había esperado, tal y como su imaginación lo había elaborado minuciosamente mientras fumaba cada atardecer en la hamaca de Don Sancho.

Cesaba el temor, caía en pique y se desbordaba en gélidos mares de serena alegría, María sonreía mientras Eduardo parecía recorrer el basto territorio de sus pieles con su cuerpo, y ella volvía a ser cargada por su tío abuelo que era como su padre, regresaba a su casa de infancia en la ciénaga, recordaba de nuevo como era volar tras la cara de la luna en primavera, porque sabía que aquella única y última imagen sería la que en definitiva clavaría con puntillas sobre la parte más feliz de su arañada memoria. Luego, tras un corto e interrupto jadeo, el tiempo se detuvo, paró de inmediato la inhalación femenina que estaba a punto de efectuar con parsimonia, la boca se le secó como marchita, como rota, y quebradiza de estupor, los ojos se le agrandaron, los besos palpitantes la callaron, la saliva tibia, el aliento a gritos, el susurro inquieto, la tercera nota del pudico silencio sellaba su cráneo a las sábanas calientes, hirvientes de aquel 3 de septiembre del 91.

Gotas de sangre calleron, salpicaron las tablas de la cama, rodaron una a una sobre la superficie no tan plana del cuarto, y el viento pasante la recogía entre sus dedos, la auxiliaba de este mundo de vida que la asfixiaba con brío, y en aquel primer segundo de óbito recordó la noche, la noche, en que por miedo, por silencio, regresó a su sitio, se acurrucó en su nido y abrazó sus piernas dobladas contra sí, apoyó su mentón sobre sus rodillas, y simplemente se disipó.

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